Muchos capita insanabilia han repetido durante meses que Donald Trump no solo era el salvador del mundo, sino que era el único presidente estadounidense capaz de oponerse a cualquier tipo de guerra. Se trataba, evidentemente, de una narración completamente engañosa, digna de las “almas bellas” que todavía no han entendido que la contradicción principal está representada por Washington: poco cambia si en el puente de mando están Biden u Obama, Bush o Trump.
Y ahora, en efecto, Donald Trump se ha quitado definitivamente la máscara, revelándose en perfecta continuidad con los anteriores presidentes imperialistas de la civilización del dólar. Desde el comienzo de este tumultuoso 2026, el mechón rubio que vuelve loco al mundo ya ha provocado de hecho dos guerras, atacando cobardemente a la Venezuela de Maduro y, más recientemente, llevando a cabo una agresión igualmente vil contra Irán. En ambos casos se trata de Estados ricos en petróleo y, además, firmemente resistentes a la globalización imperialista de Washington.
Hay una novitas en el modus operandi de Trump que marca, por así decirlo, un giro en la práctica imperialista de la civilización de la hamburguesa. Con Trump, en efecto, se registra ahora un inédito imperialismo gangsteril, que interviene secuestrando a los presidentes, como en el caso de Maduro, o directamente ejecutándolos, como en el caso de Jamenei.
Como si no bastara, se vuelve a invertir el estribillo con el que durante años han condenado a Rusia: aquel según el cual quien es atacado siempre tiene razón y el agresor siempre está equivocado. Cuando el agresor coincide con la civilización del dólar, entonces, por definición, siempre tiene razón, puesto que el suyo es un imperialismo ético con bombas humanitarias y misiles inteligentes.
¿Qué dirán ahora los capita insanabilia de la celebración hagiográfica de Trump? ¿Tendrán todavía el valor de afirmar que él se opone a las guerras y que representa un cambio en la política estadounidense?
Lo hemos repetido infinitas veces: la salvación, si queremos recurrir a una categoría teológica, solo podrá llegar de los Estados no alineados y resistentes frente a la globalización imperialista de Washington. Como también hemos repetido infinitas veces que el enemigo principal sigue siendo Washington y que los europeos deberían, al menos por una vez, tener el valor de cuestionar su desgraciada subordinación al imperialismo de la civilización del dólar.

