En Carl Schmitt y los imperios en la historia, Sergio Fernández Riquelme propone una relectura provocadora y rigurosa de una de las categorías políticas más controvertidas del pensamiento moderno: el imperio. Publicado por papelcrema, el libro se adentra en la obra de Carl Schmitt para cuestionar los límites del Estado-nación, el relato liberal del “fin de la historia” y las ficciones consoladoras de la globalización contemporánea.
Lejos de un ejercicio académico neutral o de una apología ideológica, Fernández Riquelme aborda el imperio como forma política y metapolítica recurrente, capaz de ordenar grandes espacios, articular identidades y disputar la hegemonía en un mundo crecientemente conflictivo. Desde Roma hasta el presente posmoderno, el autor analiza la pugna entre Pluriversum y Universum, la función del Katechón y el retorno de categorías como soberanía, enemigo y decisión. En esta entrevista, profundizamos en las tesis centrales de Carl Schmitt y los imperios en la historia y en sus implicaciones para comprender nuestro tiempo.
papelcrema: En tu libro partes de Carl Schmitt para recuperar el concepto de imperio como forma política superior, no solo histórica sino también metapolítica. ¿Qué carencias del pensamiento político contemporáneo te llevaron a volver a esta categoría “maldita”, y por qué consideras que el lenguaje del Estado-nación resulta hoy insuficiente para comprender las dinámicas reales de poder en el mundo globalizado?
Sergio Fernández Riquelme: Carencias hay muchas, porque se lee poco, y menos de política e histórica. Somos una generación educada en Occidente, o quizás adoctrinada, en una mentalidad liberal-progresista limitada que desdeña el pasado, considera inmutable el presente, y ve el futuro como simplemente lineal. Se abandona la tradición, se olvidan los clásicos y se caricaturizan las disidencias. Solo importa el hedonismo de consumir cosas y relaciones, parece, de forma diaria y masiva, quizás para que nadie se cuestione nada. Pero el devenir nos demuestra que han existido diferentes y variadas formas políticas y de gobierno que también se creyeron únicas o eternas y que, inexorablemente, han pasado a simples recuerdos en libros de texto.
A las nuestras les pasará lo mismo. Serán cuestionadas, cambiadas o borradas de la historia, sustituidas por otras nuevas que también buscarán la “eternidad”,por algunas que recuperancreencias y valores ancestrales o tradicionales arraigados, o por aquellas que harán referencia, política y metapolíticamente, a ese concepto de imperio que siempre resucita. Esta resurrección “imperial”, por ejemplo, ya la contemplamos en la era posmoderna, desde Oriente (telúrico), como vemos el proyecto euroasiático, y desde Occidente (talasocrático), como advertimos en el nacionalismo excepcionalista norteamericano (aunque ya existía ese “imperio globalista” no tan en la sombra).
Los Estados-nación explican una parte de “lo político” (Pluriversum), desde lógicas étnicas o cívicas que se transforman a lo largo del tiempo. Pero esos imperios, que siempre reviven, explican la otra parte (Universum), otorgando una visión global, y de conjuntosobre las dinámicas de esta esencia humana, especialmente a la hora de dibujar el escenario geopolítico entre amigos y enemigos. Ambos pueden coexistir; la gran cuestión es, de forma recurrente, cual de esos imperios es el que puede cumplir la función katechónica al servicio de los países soberanos y de sus identidades.
A lo largo de la obra insistes en la distinción entre palabra, concepto y función del imperio. ¿Hasta qué punto crees que la demonización moderna del término ha impedido comprender su función ordenadora histórica, y cómo puede separarse el análisis intelectual del imperio de sus abusos concretos sin caer ni en la nostalgia ni en la justificación ideológica?
Da igual si nos gusta, si nos molesta o si nos amenaza. El imperio es una forma superior, política y metapolítica, que existe y existirá independientemente de nuestras opiniones, decisiones o voluntades. Nace, se expande y nos condiciona queramos o no. Como tantas realidades humanas colectivas o de nivel macro, los imperios ahí están, en nuestro espacio y tiempo, con sus modalidades propias, y ante los cuales podemos levantarnos o podemos asumirlos. Es decir, tomar partido por esas potencias que dominan nuestro entorno, de ese lebensraum que llega hasta nosotros, y sacar el mayor rédito para nuestras comunidades aceptando su majestas, organizarse contra él junto con otras naciones contrarias, o aliarse a él si tenemos similares intereses y valores compartidos. O, incluso, prepararse para sustituirlo cuando toque, si somos capaces de participar, intelectual y vitalmente, de las propuestas que pretendan generar o impulsar la potencia propia, de nuestros pueblos y países, para llegar a medio o largo plazoa ser lo más parecido a imperios en expansión (territorial o valórica) dentro o fuera de nuestras naciones. Porque, al final, de lo que se trata es de “imperar”, de hacer realidad ese verbo, para conseguir el “dominio” de nuestro mundo, para no ser siempre vasallos de otros, y sí no es posible, por los menos, llegar a ser socio inteligente y fructífero de esas grandes potencias que, inevitablemente, lo condicionan todo
El libro propone una lectura del imperio como potencia que ordena grandes espacios (Grossräume) frente al caos del pluriverso político. En este sentido, ¿consideras que los conflictos geopolíticos actuales, especialmente en el eje euroasiático, responden más a una pugna entre formas imperiales que a un choque de ideologías o sistemas económicos?
Los amigos y enemigos tantas veces cambian por intereses materiales o vitales. Los pretendidos imperios pactan con supuestos adversarios ideológicos o entran al choque con aliados de toda la vida.
Así es la vida política y geopolítica. Los imperios pugnan por sus espacios vitales, chocando por ellos o buscando pactos para repartirse las zonas de influencia. Hemos visto alianzas entre imperios consideradas, ideológicamente, como “contra natura” en Guerras Mundiales y en repartos coloniales o territoriales (véase el Pacto Ribbentrop-Molotov). El problema, como vemos en las estepas euroasiáticas y como demuestra la historia, es cuando un imperio invade lo que en teoría no le corresponde o influye en zonas que otros consideran como su “patio trasero” o zona natural de expansión y dominación.
El “derecho internacional” siempre responde a intereses más que a principios, pese a declaraciones o formalismos que lo sitúan como algo superior o neutral. Siempre ha respondido al poder del más fuerte, de aquellas potencias dominantes que imponen su voluntad suprema, la justifican legal y moralmente y logran desactivar a posibles contendientes. Actualmente se está dibujando una nueva versión (que supera el modelo diseñado por los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial) y que será impuesta (desde lavis, auctoritas o potestas) por aquellos capaces de organizarse y tomar decisiones audaces ante el fin de la Globalización tal como la entendemos, estableciendo la hegemonía en su nomos o «apropiación originaria del espacio», como escribió Carl Schmitt.
Recuperas la noción schmittiana del Katechón como freno histórico al caos y al “fin del mundo político”. ¿Crees que hoy existe alguna potencia, estructura o proyecto que aspire conscientemente a desempeñar esa función katechónica, o vivimos más bien una época de vacío de autoridad, donde nadie puede ya reclamar legítimamente ese papel?
Esa palabra paulina, ese arcano político sobrevive, aunque va cambiando con el paso del tiempo o adaptándose al contexto. Ese muro contra el mal que es reclamado cuando todo parece venirse abajo ante crisis e invasiones. Peronadie es perfecto, todo somos pecadores y, en tantas ocasiones, el fin justifica los medios. Se busca al líder que lo pueda mantener o erigir, aunque no sea el santo que algunos esperan.
Tanto en Occidente como en Oriente, durantela era posmoderna de plural reacción identitaria y soberanista, potencias regionales y mundiales reclaman la misión o la asumen, por creencia sincera o por mera estrategia. El tiempo dirá la motivación real. Así, el nacionalismo cristiano occidental busca ese poder supremo en los Estados Unidos, liderados por uno que no era de los suyos y que quizás no era el indicado, pero que es capaz de vencer en las urnas y en los medios y cumplir con parte de ese mandato, haciendo el trabajo sucio, para ello, que las mentes consideradas más puras y pulcras no se atreven a realizar. Y el nacionalismo cristiano oriental se debate en como alcanzar ese muro de protección, entre la imposición de la experiencia de la mano blanda del mundo globalista o la tentación del ejemplo de la mano dura del mundo ruso.
En general, los imperios clásicos fueron civilizadores, generadores y multinacionales, con un locus de origen, una o varias etnias de referencia y mecanismos polisinodiales de organización (más allá de prácticas vitales hoy consideradas duras o extrañas). Descentralizados y mestizos, en suma. Mayoritariamente, los imperialismos coloniales, al contrario, fueronindustriales, depredadoresy, en el fondo, etnicistas, con una metrópoli extractiva que se aprovechaba de todo. Centralizados y muy exclusivos en la toma de decisiones. Y el “globalista” parece una especie de híbrido, a modo de suma de poderes plutocráticos internacionales con intereses económicos marcados y prácticas neocoloniales, por encima de soberanías nacionales y voluntades ciudadanas, desde un modelo político-social “liberal-progresista” considerado superior e incontestable, que hay que exportar e implantar, y que se sabe vender muy bien por su control de los medios.
Frente al relato dominante del “fin de la historia” y del triunfo definitivo de la democracia liberal, tu libro insiste en el retorno de la Historia con mayúsculas y de las grandes decisiones políticas. ¿Hasta qué punto este retorno implica también una reactivación de categorías como amigo/enemigo, soberanía y guerra, que el pensamiento liberal había intentado neutralizar o moralizar?
Loa cuentos de hadas deberían acabar con una moraleja: no confundir los deseos con la realidad. Nuestro cuento, el occidental, ocultaba que existe un mundo anterior o lugares lejanos donde se vive, se piensa o se gobierna de otra manera. Existieron, existen y existirán otras manifestaciones de esa esencia de “lo político”, inevitablemente, y que pueden atraer a tantos cuando el cuento se repite tantas veces que aburre al lector o este descubre que es una simple mentira mil veces narrada, y empieza a leer otros cuentos que le muestran lecciones del pasado o de otras latitudes que explican cosas duras, terribles o realistas que suceden y esos cuentos “oficiales” ya no pueden esconder.
En nuestra esencia occidental de “lo político” ese tipo de cuentos parece que fueron los únicos en leerse a tantos y tantos niños, para que no vieran más allá del muro del supuesto progreso y de la libertad que se soñaba. Pero las crisis, las recesiones, las amenazas o las pérdidas, que ponían en cuestión para muchos ese tipo de cuentos, han alumbrado lecturas distintas que hablan de que hay enemigos (que combatir o con los que llegar a acuerdos), de patrias sin las cuales ese progreso y libertad no son más que palabras vacías, y de guerras que suceden muy cerca y pueden llegar, otra vez, nuestras tierras (porque, aunque parezca mentira para esos niños, ocurrieron en nuestros lares no hace tanto).
Por eso nos extrañamos, entramos en pánico o nos asustamos cuando vemos otra realidad política que creíamos superada o imposible, con hechos crueles que siempre han existido y pensábamos que no podrían afectarnos en el primer mundo, con amenazas en nuestros barrios y calles ante las que nos dicen que nada podemos hacer, con fallos y más fallos del sistema que no pueden cuestionar ese mismo sistema por que las alternativas serían peores. Pero el cuento parece que se ha acabado para muchos intelectuales y muchos más ciudadanos.
Finalmente, el lector puede percibir en tu obra una crítica profunda tanto al globalismo liberal como a ciertos “antimperialismos” retóricos que, paradójicamente, esconden nuevas formas de dominación. Desde esta perspectiva, ¿qué riesgos intelectuales y políticos implica hoy no pensar en términos imperiales, y qué papel deberían desempeñar los intelectuales y las revistas culturales en la recuperación de un pensamiento político verdaderamente radical?
Donde hay organización siempre hay una elite u oligarquía, vestida de ropajes democráticos o descarnadamente autocrática. Mando y obediencia, como diría Julien Freund. Todos buscan el dominio, para sí mismos y los suyos (de la familia al clan) o para un ideal superior que lo condiciona todo. Y ese dominium no se suele limitar al locus propio. La potencia económica, técnica o militar (y democrática en muchas ocasiones) se desborda y se expande, cuando se dan ciertas condiciones. Pensar y actuar a lo grande, digan lo que digan adversarios o pacifistas. Queremos llevar nuestros intereses o nuestros ideales más allá (plus ultra) y repetir nuestra cosmovisión en otras latitudes (llevando incluso la democracia liberal a las montañas recónditas de Afganistán) a modo de “totalidad” schmittiana.
Los antimperialistas del pasado son los imperialistas del presente, podríamos decir. Porque metapolíticamente, izquierdistas, liberal-progresistas y globalistas también han creado su propio “imperio”, importando sus valores, condicionando gobiernos, cambiando mentalidades. Muchos de esos antiimperialistas “históricos” fueron hijos de un imperio soviético, bastantes de esos antiimperialistas “presentes” apelan a los poderes globales para que impongan su ley (mejor y más democrática, dicen) a otras regiones que consideran reaccionarias o tradicionales, y numerosos antiimperialistas “futuros” desearían un mundo woke donde nada ni nadie obstaculizara su senda maravillosa de progreso en el planeta tierra.
Pensar imperialmente es pensar de forma soberana, siendo parte de algo más grande dentro y fuera de las fronteras. Apostar por comunidades nacionales soberanas pero unidas en una identidad espiritual de mayor calado y con un Katechon imperial de referencia. Y luchar por Universum de naciones colaboradoras en una misión común (rescatando el viejo concepto de Imperio generador, a modo de la polisinodial Monarquía Hispánica como referente de la Cristiandad), ante un Pluriversum caótico o en llamas, con guerras de clases, sexos o razas usadas por globalismo (a modo de nuevo imperialismo) para dividir cualquier oposición a su agenda.
Hay imperios y hay que tomar partido por los que generan o por los que depredan. Se puede ser espectador o protagonista en las luchas imperiales. Las elites lo decidirán,buscando un lugar en ese dominium que finalmente se impondrá, fomentando la potencia patria en busca de algo parecido a ello en nuestro Lebensraum, o descubriendo quién mejor representa ese Katechón a quién apoyar o contra el que se rebelan tantos. Decía Schmitt, al respecto, que «la función de lo político es la de agrupar al pueblo en torno a un determinado contenido fundamental».
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Imagen: Carl Schmitt

