El caso Epstein domina los periódicos, las conversaciones cotidianas y las redes sociales. Los millones de documentos publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos cautivan a los medios, sirviendo como una distracción conveniente, mientras los mulás siguen asesinando, encarcelando y torturando con la bendición de sus aliados o supuestos enemigos, como MBS, Erdogan y Sisi. Mientras los yihadistas, con la bendición de las potencias de la OTAN, continúan con sus atrocidades y se preparan para aniquilar la resistencia kurda. Mientras los accidentes en las minas de cobalto de África causan muertes masivas, incluyendo niños. Mientras la guerra en Ucrania continúa. ¡Escándalos económicos y sexuales, qué mejor! No olvidemos que también es una oportunidad para repetir la misma cantinela: «¡Son los rusos!» o «¡Es el Mossad!», o incluso ambos a la vez, especialistas en «Kompromat», una vieja técnica que vemos en todas las películas de espías: retener a alguien porque tenemos fotos de sus aventuras sexuales con prostitutas o amantes escandalosas.
Porque, como sabemos, de todo este alboroto no saldrá nada, salvo, quizá, la dimisión de la dirección del IMA (Instuto del Mundo Árabe) de ese viejo repugnante y tonto que es el antiguo «ministro de Cultura» de François Mitterrand… (en referencia a Jack Lang, ahora ex director del IMA y ex ministro francés del Cultura) hay, sin embargo, cosas serias que decir sobre este tema, sobre todo cuando se desarrolla un discurso sobre la «decadencia de Occidente» que no llega ahí por casualidad.
La cuestión de la pedofilia y la decadencia
Jeffrey Epstein fue descubierto por primera vez en 2007 por organizar la prostitución de menores, y se le acusó, con pruebas contundentes, de suministrar «carne fresca» a amigos selectos. Empecemos recordando que, lamentablemente, el uso de niños como objetos sexuales es tan antiguo como la historia humana registrada y afecta a todas las clases sociales, sin excepción. Pero es cierto que los niños son un blanco predilecto para los poderosos; para estar entre ellos, se necesita una buena dosis de perversidad. La historia ofrece numerosos ejemplos. La institución de la pederastia entre los griegos, aunque considerada vergonzosa por algunos autores, se invoca con frecuencia como argumento en las súplicas interesadas del lobby gay…
Los romanos también dejaron su huella en este ámbito: Suetonio relata los vicios del infame Tiberio con bastante lujo de detalles. Sé que Suetonio es cualquier cosa menos un historiador fiable, pero sí nos dice algo sobre los poderosos romanos, acostumbrados a hacer lo que quisieran con sus esclavos, sin importar el sexo ni la edad. También debemos mencionar a Gilles de Rais, compañero de Juana de Arco (¡nada menos!), condenado a muerte en 1440 por violar y asesinar a cientos de niños. Las suntuosas cenas del regente Felipe de Orleans no solo incluían adultos que consintieran en participar…
Dany-Robert Dufour, autor de una obra altamente recomendable, demuestra de forma consistente y erudita los lazos de sangre, si se me permite decirlo, entre el «mercado divino» capitalista y el sadismo. Y en el corazón del sadismo se encuentra la Masacre de los Inocentes. Al convertir Los 120 días de Sodoma en una parábola del fascismo, el gran Pier Paolo Pasolini tuvo una visión clara.
También conocemos los conocidos de André Gide en Argelia y los contactos de Montherlant en el norte de África, que frecuentaba, aparentemente por consejo de Gide. Su nota biográfica nos dice: «Varios jóvenes lo denunciaron a la policía por agresión sexual en un cine, pero Montherlant utilizó su estatus académico para suprimir estos casos».
Epstein: nihil nove sub sole… Bueno, en realidad, sí, la novedad es la condena pública. Recordamos que Matzneff contaba con el apoyo de la flor y nata de la izquierda en 1977, quienes defendían las relaciones sexuales entre adultos y niños… Sin embargo, Matzneff fue descubierto hace unos años. De hecho, la novedad no es la decadencia de la moral, sino que nuestros estándares morales ya no dan cabida a lo que se denomina pedofilia. Desde esta perspectiva, es todo lo contrario a la decadencia.
Añadamos que la trata de menores con fines sexuales es legal en muchos países donde niñas de tan solo nueve años pueden ser casadas. La esclavitud femenina se ha reinstaurado en Afganistán, y los mercados de esclavas sexuales florecieron tras el dominio del ISIS/Daesh, el mismo grupo que ahora gobierna Siria. Pero allí no hay papeleo, ni juicios, ni indignación justificada. Y si mencionas estas crudas realidades, inmediatamente te tildarán de islamófobo los amigos de La Francia Insumisa (LFI) o Los Verdes.
Las redes de la clase capitalista transnacional
El caso Epstein es interesante no por sus ramificaciones sexuales, sino porque revela un lado oscuro, pero intrigante, de la clase capitalista transnacional. Su ascenso al poder es sin duda notable. Antes de su suicidio en prisión, su fortuna se estimaba en más de 500 millones de dólares, y fue notablemente generoso, por ejemplo, con Caroline Lang (hija de su padre) y Noam Chomsky, una figura intelectual prominente de la izquierda radical.
Amasó su fortuna en las finanzas, de forma opaca y probablemente ilegal, estafando a algunos de sus conocidos y participando en esquemas tan antiguos como la novela de Émile Zola, conocidos como «esquemas Ponzi». Siendo aún muy joven, Epstein consiguió un puesto como profesor de matemáticas en la Dalton School del Upper East Side, una institución de élite neoyorquina, falsificando sus credenciales. Desde allí, logró acercarse a Alan Greenberg, director ejecutivo del banco de inversión Bear Stearns, quien le ofreció un puesto como asistente de operaciones. Jeffrey Epstein ascendió rápidamente y se convirtió en socio del banco tras solo cinco años, antes de ser despedido por falta grave. Epstein tenía 26 años por aquel entonces. Pero se convirtió en asesor financiero.
¡La historia de este ascenso al poder es ciertamente asombrosa! Pero cuando se comprenden las prácticas del capital financiero, en particular del estadounidense, tras ver la excelente película de Scorsese, El lobo de Wall Street, o la película sobre el colapso de Lehman Brothers, Margin Call, uno se encuentra en un mundo que, en última instancia, resulta bastante familiar. La «nueva creación de valor», que en las últimas décadas ha sido la cumbre de la ciencia económica, no tiene otro fundamento que la producción de capital ficticio, en el sentido más amplio del término, y el fraude descarado es uno de sus componentes. Marx ya había demostrado la afinidad entre los delincuentes comunes (el lumpenproletariado) y el capital financiero. La encontramos de nuevo aquí.
Surge una pregunta: ¿por qué, a pesar de ser identificado como responsable del fraude, Jeffrey Epstein pudo continuar su carrera? Forjó una estrecha relación con el multimillonario Leslie Wexner, director de la marca de lencería Victoria’s Secret, desde 1987, quien le confió la gestión de toda su fortuna a partir de 1991. Tras extorsionar cientos de millones a su amigo, Epstein se convirtió en un hombre muy rico, con todos los lujos de la riqueza y las consiguientes conexiones políticas: una mansión en Manhattan, un amplio apartamento en París y una isla en el Caribe apodada «Lolita Express».
Esta isla se convirtió en el refugio de depravación de Sade para Epstein y sus socios. Entre 2005 y 2007, el FBI descubrió una red de tráfico de niñas (algunas de tan solo 13 o 14 años) que eran puestas a disposición de Epstein y sus clientes. Pero, curiosamente, esta investigación del FBI no condujo a casi nada. El fiscal solicitó una acusación leve, y Epstein pasó varios meses en una prisión de cinco estrellas, con permiso para salir durante el día para atender sus asuntos.
Epstein tenía numerosos vínculos con figuras políticas, empresarios, intelectuales y artistas, aunque el alcance exacto de estas relaciones sigue sin estar claro. Jack Lang estuvo profundamente implicado, al igual que su hija Caroline. Bruno Le Maire fue su huésped en Nueva York cuando era ministro. Bill Gates era amigo, razón por la cual su esposa Melanie lo abandonó cuando estalló el escándalo. También se le relacionó con uno de los principales empresarios de Dubái, el Sultán Ahmed bin Sulayem. Bill Clinton y Donald Trump también aparecen en los Papeles de Epstein. Incluso sabemos que estuvo vinculado con Peter Thiel, un empresario ultratrumpista y autoproclamado teórico «libertario», pero también con Noam Chomsky, quien mantenía relaciones comerciales con él y lo apoyó cuando, en 2019, los asuntos de Epstein empezaron a ir mal.
Es crucial comprender que Jeffrey Epstein no es una excepción. Su red se entrelaza con innumerables otras redes. En estos círculos, el sexo y la cocaína son meros subproductos necesarios de la vida cotidiana del empresario, una vida cuyas conexiones políticas le garantizan una impunidad (relativa, no obstante). Estas redes no tienen fronteras ideológicas (¿Thiel y Chomsky juntos?), ni políticas. Las ideologías y la política son simplemente cuotas de mercado que hay que aprovechar.
¿Decadencia o no?
Ciertamente, Epstein expone la corrupción, pero esta corrupción es el capital del siglo XXI. El empresario austero y puritano, que no se deja tentar por el disfrute de su riqueza, sino que se adhiere al ascetismo mundano de la acumulación, es simplemente un arquetipo weberiano perteneciente a la historia del capitalismo tradicional. Aún existen algunas grandes familias de empresarios de la vieja escuela (los Peugeot, los Agnelli o, más recientemente, los Mulliez), pero ellos mismos han creado empresas financieras. Pero, en esencia, la propiedad formal del capital (quién posee las acciones) y la gestión (quién dirige realmente las cosas, quién realiza las inversiones, quién maneja los miles de millones) son dos cosas distintas.
Esto expone claramente la naturaleza puramente parasitaria del modo de producción capitalista en nuestra época. Las grandes corporaciones esperan a que los «innovadores» se abran paso y luego las compran. Imponen su voluntad y sus leyes a través de gobiernos subvencionados, como Francia.
Ver esta evolución como un síntoma de la decadencia occidental es un completo disparate. No es la evolución de Occidente, sino la del capitalismo en general. A pesar de la retórica de Putin, Rusia no es más virtuosa. Es una cleptocracia sometida bajo la mano de hierro de un ex oficial de la policía política soviética… que resulta ser uno de los hombres más ricos del mundo actual. Y si algo sabemos, hay buenas razones para creer que la clase dirigente rusa no tiene una moral muy diferente a la de sus homólogos occidentales…
El problema no es «Occidente», un término dudoso en cualquier caso. El problema es el capital y, en general, la carrera por la acumulación ilimitada de poder, una carrera que solo puede conducir a la catástrofe, como nos llevó a la catástrofe dos veces en el siglo pasado. El auge de nuevas potencias (el famoso «Sur Global» en contraposición al «Norte Colectivo») no elimina este peligro, sino que lo acerca rápidamente. ¿Es el totalitarismo chino moral y políticamente «mejor» que el imperialismo estadounidense? En el último momento, justo antes de la catástrofe, todos encontrarán «buenas razones» para exterminarse mutuamente.
Aun a riesgo de irritar aún más a los izquierdistas impenitentes, creo (y lo admito, es una creencia) que la humanidad solo encontrará su salvación del capitalismo recurriendo a los ideales, principios y valores morales de la «civilización cristiana occidental». Esta civilización produjo la Ilustración, la supremacía de la razón sobre la fe, los derechos del hombre y del ciudadano, la igual dignidad de todos los seres humanos y, en última instancia, dio origen al socialismo y al comunismo originales, es decir, a la crítica radical del capitalismo. Si queremos combatir el mal revelado por el caso Epstein (que es solo un síntoma), no lo lograremos con lamentaciones (falsamente tristes, como de Schadenfreude, término alemán alude al regodeo ante el sufrimiento ajeno) sobre la decadencia de Occidente. Que los islamoizquierdistas defiendan a quienes ahorcan a homosexuales y apedrean a mujeres adúlteras, y que nosotros enarbolemos la bandera de la libertad que todos ellos arrastran por el barro.
Traducción de Carlos X. Blanco
Imagen: Jeffrey Epstein

