Habermas, antiguo asistente de Horkheimer y posteriormente su sucesor al frente del Instituto de Fráncfort, se convierte, a finales de los años sesenta, en la figura emblemática de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort. ¿Su objetivo? Para evitar la «cristalización» de los residuos del autoritarismo y los efectos de la aplicación de la «razón instrumental» (una cristalización que, según él, habría conducido inevitablemente al retorno al poder de una nueva ideología fuerte y autoritaria), Habermas se empeñó en teorizar una «praxis de la discusión permanente». Con ello se oponía frontalmente a Carl Schmitt quien, siguiendo a Donoso Cortés, aborrecía la discusión y a la «clase parlanchina», en beneficio de los verdaderos decisores, únicos capaces de mantener en pie lo político, los Estados y los imperios en correcto funcionamiento.
La discusión y esta cultura del debate permanente debían impedir precisamente la toma de decisiones demasiado tajantes, susceptibles de provocar esas «cristalizaciones». Las evoluciones políticas debían desarrollarse lentamente, sin brusquedades ni precipitaciones, incluso cuando decisiones claras y firmes resultaban necesarias debido a la urgencia del momento, al Ernstfall. Esta postura habermasiana no fue bien recibida por todos los hombres de izquierda, en particular por los comunistas ortodoxos y los activistas directos: su teoría fue descrita en ocasiones como la encarnación de un «derrotismo posfascista», inaugurando en la posguerra una «filosofía de la desorientación y de los interminables palabreríos». Habermas se convirtió así en el filósofo desrealizado más emblemático de Europa.
¿Es el «patriotismo constitucional» un antídoto contra la guerra, contra esas guerras desencadenadas por patriotismos apoyados en las dos «muletas» denunciadas por Habermas? En teoría, sí; en la práctica, no. En 1999, cuando la OTAN atacó Serbia con el pretexto de la opresión de la minoría albanesa de Kosovo, Habermas bendijo la operación calificándola como «un salto adelante en el camino que conduce del derecho internacional clásico al derecho cosmopolita de una sociedad mundial de ciudadanos». Añadía además: «los vecinos democráticos (es decir, aquellos que han hecho suya la idea del “patriotismo constitucional”) tienen el derecho de pasar a la acción para aportar una ayuda de primera necesidad, legitimada por el derecho internacional».
Contradicción flagrante: el «constitucionalismo globalista de la OTAN» sancionó un reflejo identitario etnonacional (el de los albaneses de Kosovo) frente al reflejo etnonacional de los serbios. Con la bendición de Habermas, la OTAN actuó paradójicamente para restaurar una de las «muletas» que este último siempre había querido erradicar. Todo ello apostando además por un elemento musulmán ajeno a Europa, importación turca en los Balcanes, en detrimento tanto de la albanidad católica y ortodoxa como de la «serbicidad» eslava y ortodoxa. El resultado fue permitir al Ejército estadounidense obtener del nuevo Estado kosovar la mayor base terrestre de Europa, Camp Bondsteel, destinada a sustituir progresivamente las bases alemanas evacuadas tras la reunificación. Camp Bondsteel sirve para afianzar una presencia militar en los Balcanes, trampolín para el control del mar Negro, del Mediterráneo oriental y de la Anatolia turca. Estas declaraciones del Habermas envejecido recuerdan extrañamente a la agitación de esos perros que intentan morderse la cola.
El itinerario de Habermas desemboca así en una aporía. O incluso en contradicciones inexplicables: el «patriotismo constitucional», destinado a abrir una era de paz universal ya soñada por Kant, acaba por justificar una apología de las «guerras justas» que, otro oxímoron, promueven en ocasiones viejos nacionalismos étnicos.
Este artículo es un extracto del libro La Escuela de Fráncfort y la Teoría Francesa de Robert Steuckers publicado por papelcrema. Clicka aquí para comprar.
Imagen: Jürgen Habermas

