En esta entrevista hablamos con Raúl González Zorrilla, autor de Transhumanismo y misterio de la conciencia, una obra que propone una reflexión profunda sobre los límites del conocimiento, la identidad humana y el impacto de las tecnologías emergentes en nuestra comprensión de lo que significa ser consciente. A partir de este libro, el autor traza un recorrido crítico por los debates contemporáneos sobre inteligencia artificial, transhumanismo y los retos éticos y filosóficos que plantea la fusión cada vez más estrecha entre humanos y máquinas.
A lo largo de la conversación, González Zorrilla explora cómo el progreso científico (especialmente en campos como la neurociencia y la computación) cuestiona nuestras certezas sobre la mente y la subjetividad, y por qué muchas de las respuestas más interesantes suelen surgir en los márgenes de la investigación dominante. Con una mezcla de rigor, inquietud filosófica y mirada crítica, esta entrevista desvela las ideas centrales de su pensamiento y nos invita a repensar nuestra relación con la tecnología y con nosotros mismos.
papelcrema: En el prólogo dices que este libro nace más de una incomodidad que de una certeza, y que cuanto más sabemos del cerebro menos claro parece el misterio de “ser alguien”. ¿En qué momento personal o intelectual sentiste que la explicación científica dominante empezaba a quedarse corta, y qué fue lo que te empujó a asumir esa incomodidad como punto de partida, en lugar de intentar disiparla?
Raúl González Zorrilla: Aunque siempre me ha interesado mucho la ciencia y la tecnología en su relación con el cerebro, no hubo un instante revelador concreto, sino una acumulación de lecturas y trabajos en los que siempre reaparecía la misma sensación: la ciencia avanzaba de forma espectacular en la descripción del funcionamiento del cerebro físico, pero el misterio de la experiencia subjetiva permanecía intacto. Sabíamos cada vez más sobre cómo funcionan las neuronas, pero no por qué existe la vivencia de ser alguien, de tener un yo que siente, recuerda, ama y teme. Ese desfase empezó a resultarme intelectualmente muy incómodo.
Durante un tiempo intenté pensar que se trataba solo de una cuestión pendiente de resolver, pero con los años comprendí que la incomodidad era una señal útil, no un obstáculo. La historia de la ciencia demuestra que los avances suelen comenzar cuando alguien asume que el marco explicativo vigente quizá no es suficiente. Asumir esa incomodidad como punto de partida me permitió abordar la cuestión sin complejos y sin la necesidad de defender una respuesta previa, sino tratando de delimitar mejor el problema. Mi librito nace de ahí: de aceptar que, pese al progreso científico, seguimos sin entender del todo qué significa ser y estar conscientes. Hay, además, un extraño clima de la época que ha situado las nuevas investigaciones sobre la conciencia en la primera página de cualquier persona interesada en estas cuestiones. Dos ejemplos: el podcast “Teorías del todo”, del matemático canadiense Curt Jaimungal, uno de los principales divulgadores científicos de la actualidad, dedica prácticamente el 50% de su contenido a analizar temas relacionados con la conciencia; por otro lado, la última novela de Dan Brown, el célebre autor de El código da Vinci, se titula El último secreto y gira alrededor de este mismo tema. ¿Casualidad? Yo creo que no. Hay algo nuevo flotando en el aire tecnocientífico… ¿quizás es que la ciencia se está acercando a Dios? Puede ser.
A lo largo del texto señalas una confusión recurrente entre cerebro, mente y conciencia, especialmente en el discurso tecnológico contemporáneo. ¿Crees que esta confusión es solo un error conceptual o responde también a una necesidad cultural, casi ideológica, de creer que todo lo humano puede ser finalmente gestionado, optimizado o corregido?
Creo que la confusión entre cerebro, mente y conciencia no es solo un error conceptual, sino también el reflejo de una aspiración cultural muy profunda. Vivimos en una época en la que confiamos enormemente en la capacidad técnica para resolver problemas, y resulta tentador pensar que, si reducimos lo humano a procesos físicos, podremos gestionarlo y optimizarlo como cualquier otro sistema técnico. Esa idea ofrece una agradable sensación de control y previsibilidad.
Sin embargo, la conciencia introduce un elemento irreductible: la experiencia subjetiva no se deja manipular tan fácilmente como un mecanismo externo. Cuando equiparamos mente y cerebro sin matices, convertimos la subjetividad en algo aparentemente reparable o programable, lo que encaja muy bien con la lógica tecnológica contemporánea. Pero esa simplificación puede empobrecer nuestra comprensión de lo humano. No se trata de negar la importancia del cerebro, sino de reconocer que la experiencia consciente quizá no se agota en una simple descripción neuronal. La confusión, en ese sentido, revela tanto un problema conceptual como una necesidad cultural de reducir el misterio a algo manejable.
Lo que más me inquieta intelectualmente no es la tecnología en sí, sino la velocidad con la que estamos avanzando sin haber aclarado previamente algunas cuestiones fundamentales. Existe un entusiasmo comprensible por mejorar las capacidades cognitivas, prolongar la vida o reducir el sufrimiento, pero a menudo esas propuestas parten de una idea implícita de lo que somos que todavía está en discusión. Si no comprendemos bien qué es la experiencia consciente, resulta arriesgado intervenir sobre ella de manera irreversible. No creo que la ingenuidad filosófica sea total; muchos investigadores son conscientes de los dilemas que enfrentamos.
Sin embargo, la presión económica y tecnológica acelera procesos que deberían discutirse con mayor calma. Transformar la mente humana no equivale a actualizar un dispositivo técnico. Implica intervenir en la base misma de la identidad personal. Mi inquietud no es un rechazo al progreso, sino una invitación a reflexionar antes de convertir determinadas posibilidades técnicas en decisiones colectivas irreversibles.
Dedicas buena parte del libro a mostrar cómo el problema duro de la conciencia sigue intacto pese a los avances de la neurociencia y la inteligencia artificial. Desde tu perspectiva, ¿estamos ante un límite provisional (algo que la ciencia acabará resolviendo) o ante una señal de que el marco materialista clásico necesita una revisión profunda, incluso incómoda, de sus propios fundamentos?
Pienso que estamos ante un límite que es, al mismo tiempo, provisional y estructural. La ciencia seguirá resolviendo problemas concretos relacionados con la percepción, la memoria o la toma de decisiones, pero eso no garantiza que el marco conceptual actual sea suficiente para explicar la experiencia consciente. El problema duro de la conciencia persiste porque no se trata solo de localizar funciones cerebrales, sino de explicar por qué esos procesos producen o van acompañados de una experiencia subjetiva.
Puede que futuras teorías integren mejor esta dimensión, pero también es posible que exijan revisar algunos supuestos del materialismo clásico. No se trata de abandonar la ciencia, sino de ampliarla. A lo largo de la historia, muchos avances implicaron reconocer que el marco previo era insuficiente. Tal vez estemos en un momento similar respecto a la conciencia. La cuestión no es oponer ciencia y filosofía, sino aceptar que el problema exige una revisión más profunda de nuestras categorías explicativas.
El giro hacia modelos no localistas, cuánticos o de la conciencia como propiedad fundamental del universo suele despertar tanto fascinación como rechazo. ¿Cómo navegas tú esa frontera entre la especulación legítima y el riesgo de caer en discursos pseudocientíficos, y qué criterios crees que deberían guiar una investigación rigurosa en un terreno tan resbaladizo?
Intento moverme en esa frontera con mucha prudencia. La especulación valiente siempre es necesaria cuando se exploran territorios nuevos, pero debe distinguirse claramente de los hechos comprobados. El riesgo aparece cuando se presentan hipótesis sugerentes como si fueran conclusiones definitivas. En el libro procuro señalar siempre qué pertenece al terreno de la investigación consolidada y qué forma parte de propuestas aún debatidas. Creo que el criterio fundamental debería ser la honestidad intelectual: reconocer límites, evitar simplificaciones y someter todas las ideas, por muy arriesgadas que sean, a un contraste crítico. El rechazo automático a cualquier hipótesis que cuestione el paradigma dominante puede ser tan perjudicial como aceptar sin examen cualquier propuesta alternativa. Investigar la conciencia exige apertura, pero también rigor metodológico. La clave está en no confundir posibilidad con demostración.
En un campo tan complejo, avanzar implica tolerar la incertidumbre sin caer ni en el dogmatismo fanático ni en la credulidad atolondrada. Mi visión de lo que debe ser la nueva ciencia de la conciencia en particular, y de la tecnociencia en general, trato de recogerla en nuestra nueva revista Horizonte de Sucesos, que lleva en portada el lema que, en mi opinión, resume perfectamente la situación: “La ciencia, en el umbral de lo imposible”.
Cuando abordas fenómenos límite como las experiencias cercanas a la muerte, la lucidez terminal o la precognición, insistes en que no deben tomarse como pruebas concluyentes, pero tampoco ser descartados sin más. ¿Qué dice de nuestra cultura científica el hecho de que estos fenómenos incomoden tanto, y qué perderíamos (intelectualmente) si seguimos ignorándolos por no encajar bien en el modelo dominante?
Que fenómenos como las experiencias cercanas a la muerte, la precognición o los mismos ovnis generen tanta incomodidad revela hasta qué punto nuestra cultura científica teme aquello que no encaja exactamente en sus modelos actuales. Existe una tendencia comprensible a desconfiar de testimonios difíciles de reproducir experimentalmente, pero ignorarlos por completo puede empobrecer la investigación. La ciencia ha avanzado muchas veces gracias a anomalías que obligaron a revisar teorías previas. No se trata de aceptar explicaciones extraordinarias sin pruebas, sino de estudiar estos fenómenos con herramientas rigurosas, sin descartarlos por principio.
Si seguimos ignorándolos, corremos el riesgo de blindar el paradigma frente a preguntas incómodas y perder oportunidades para ampliar nuestra comprensión de la mente. Intelectualmente, perderíamos la capacidad de detectar posibles límites en nuestros modelos actuales. La historia muestra que el progreso científico suele comenzar precisamente en los márgenes, allí donde los hechos no encajan bien en las explicaciones dominantes.
Hacia el final del libro planteas que la redefinición de la conciencia tiene consecuencias éticas, políticas y ontológicas profundas, desde la aparición de nuevas desigualdades hasta la posibilidad de inteligencias no humanas conscientes. Si tuvieras que señalar el riesgo más urgente del momento actual, ¿dirías que es tecnológico, filosófico o moral… o precisamente el hecho de que sigamos tratándolos como problemas separados?
Si tuviera que señalar un riesgo urgente, diría que es precisamente tratar los problemas tecnológicos, filosóficos y morales como si fueran independientes. La transformación tecnológica de la mente en particular y del ser humano en general, no es solo un asunto técnico; afecta a la identidad personal, a la responsabilidad moral y a la organización social. Si avanzamos en un plano sin considerar los otros, podemos generar consecuencias difíciles de controlar. El riesgo no es únicamente tecnológico, ni exclusivamente moral o filosófico, sino la desconexión entre estos niveles de análisis.
Estamos modificando herramientas que influyen directamente en la experiencia humana, y eso exige un debate amplio que integre ciencia, ética y política. Si no lo hacemos, podríamos encontrarnos con avances técnicos que la sociedad no está preparada para asumir o regular adecuadamente. El desafío actual consiste en pensar conjuntamente estos ámbitos antes de que las decisiones queden determinadas únicamente por la inercia tecnológica y la potencia económica de determinados actores no siempre del todo benévolos.
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