En esta conversación con Carlos X. Blanco, uno de los pensadores contemporáneos más influyentes y heterodoxos del panorama intelectual español, profundizamos en una idea provocadora: “Occidente es un concepto bomba”. Dialogamos sobre cómo este concepto (más allá de una simple etiqueta geográfica o cultural) actúa como una lente para entender tensiones geopolíticas, identitarias y filosóficas en un mundo en transformación. Desde su formación filosófica hasta su mirada crítica sobre las narrativas dominantes, Carlos X. Blanco invita a repensar las categorías con las que interpretamos nuestro tiempo.
papelcrema: En tus ensayos insistes en que la crisis de Occidente no es solo política o económica, sino profundamente ontológica y metafísica: una quiebra en la forma misma en que el ser humano se comprende y se sitúa en el mundo. ¿Dónde situarías el punto histórico en el que esa ruptura se vuelve irreversible y hasta qué punto las grandes categorías modernas (progreso, individuo, derechos) han contribuido a vaciar de sentido nociones fuertes como comunidad, límite o trascendencia?
Carlos X. Blanco: Para empezar, creo que Occidente no existe. Es un concepto-bomba (para que reviente Europa), tramposo, análogo a muchos otros que nos contaminan, confunden y destrozan. Al igual que “judeocristianismo”, lo mismo que “Latinoamérica”. Es una bomba terminológica para confundir, destruir identidades, camuflar la dominación de una parte del mundo sobre otra. Yo prefiero hablar de Europa en vez de Occidente, y no hacer caso de los anglosajones, interesados como están en hacer de nosotros, los europeos continentales, una mera colonia periférica de su Imperio.
La Europa como civilización es la Europa pagana (antes de Cristo) y la Europa Católica, después: me sobra completamente eso de “Occidente” , me sobra también la raíz “judeo” antepuesta al Cristianismo. Las rupturas comenzaron ya con la crisis de la Escolástica (nominalismo), la Reforma asociada al auge del Capitalismo, y la innoble y genocida dominación colonial de las potencias europeas sobre los pueblos de los otros continentes. La destrucción peor, no sé si irreversible, de Europa, dada a modo de suicidio, ocurrió en la primera mitad del siglo XX, en esa Guerra Civil Europea, gran guerra fratricida dividida en dos Guerras Mundiales: el suicidio dado entre 1914 y 1945. Europa naufragó definitivamente en 1945 de una manera absoluta. No sé si remontaremos.
Frente al liberalismo presentado como horizonte insuperable de la historia, tu crítica apunta directamente a su antropología de fondo, a la figura del individuo soberano, autónomo y desvinculado. ¿Qué tipo de ser humano produce realmente el liberalismo avanzado y cuáles son, a tu juicio, las consecuencias espirituales, culturales y políticas de haber absolutizado ese “yo” desarraigado de toda tradición, pertenencia y destino común?
Un mero animal sin alma. El liberalismo ha logrado la animalización del ser humano, especialmente el que vive en una sociedad “moderna” de la parte dominada por el Imperio Occidental. “Moderno” equivale a capitalista, es sinónimo de persona “occidental” y “occidentalizada”. Significa vivir en un mundo de mercancías en donde todo se compra y todo se vende. La sociedad de consumo es, en realidad, la sociedad del embrutecimiento total. Nos acostumbramos a vendernos a nosotros mismos, y no ya solo con un contrato laboral como afirma el marxismo clásico sino a vender nuestros órganos, nuestro afecto, nuestro sexo, nuestra imagen, nuestros datos. El liberalismo no es otra cosa que una superestructura ideológica: lo que late en el fondo es un modo de producción destructivo en grado sumo, el capitalismo, un régimen que difícilmente puede ser domesticado: en su ADN se inscribe la insaciable necesidad de vender y comprarlo todo, la lógica cosificadora.
El primer reto de una sociedad más tradicionalista emergente, como la rusa, la china, la india, la persa, es vencer al liberalismo del Imperio Occidental. Pero la siguiente meta inmediata es aplastar la hidra capitalista, en cada pueblo con las herramientas tradicionales que le sean propias: religión ortodoxa, ética confuciana, socialismo nacional, lo que sea. Lo que sea para devolver a la vida humana a sus cauces.
En un contexto de globalización económica, debilitamiento del Estado-nación clásico y proliferación de estructuras supranacionales opacas, has defendido la necesidad de pensar formas políticas alternativas al marco moderno. ¿Crees que conceptos históricamente “malditos” como imperio, soberanía fuerte o comunidad orgánica pueden volver a ser herramientas teóricas válidas para comprender el poder real, o estamos condenados a movernos dentro del lenguaje empobrecido de la gobernanza liberal?
Esos conceptos que nombras son conceptos metapolíticos y, por ende, meta-ideológicos. Van más allá de las derechas y las izquierdas, trascienden la lucha de banderías y partidos. Son conceptos que pueden guiar la lucha por un rescate o restauración civilizatoria. Los conceptos-trampa del liberalismo, como por ejemplo el de “Occidente” que te decía antes, no dejan de ser armas. Como una red, como una emboscada, como una encerrona. El liberalismo lleva siglos metiéndonos en su jaula de acero, pero muy especialmente desde 1945, cuando Europa quedó derrotada, ocupada, sojuzgada.
Tímidamente está surgiendo una izquierda anti-woke (como el partido Soberanía y Trabajo), claramente anti-americana. También, de forma minoritaria, aparece un populismo de derechas iliberal… y otras corrientes que van naciendo. A la larga, deberán confluir: queremos unas sociedades gobernadas bajo el principio de la Justicia Social, queremos un continente que conserve sus raíces, que pueda defenderse, cuyos estados vuelvan a ser soberanos y el humanismo reine sobre nuestros pa´sies y culturas, que se alcelas sucias teorías burguesas. Esto solo se podrá lograr en un Imperium. Un órgano supremo de autoridad conciliadora, y una autosuficiencia militar-nuclear y energética, eso es el Imperium. Sin Rusia dentro de nosotros, y sin nosotros dentro de Rusia, los europeos no seremos ya nunca nada. Carne para el matadero. Seremos los nuevos pieles-rojas del yanqui, o los gazatíes del sionista.
La técnica es indisociable del modo producción capitalista. Ha sido elevada a nivel de dispositivo suplantador de la Realidad, como una divinidad, un poder omnímodo exento… Pero la técnica, en realidad, forma parte del sistema general de obtención de valor. Si el valor lo obtiene un Capital privado succionando la vida humana no ya solo en el proceso productivo en el sentido más estricto (marxista) sino en el proceso global de la existencia humana (diversión, sexo, relaciones de todo tipo), y no es un valor que revierte en la sociedad, la técnica es alienante.
Pero la técnica, si no es succionadora de valor para el Capital, si es parte del proceso general de enriquecimiento cualitativo de la vida, entonces no es distinguible del arte, la Filosofía, el cuidado del jardín de casa, la crianza de los niños, el amor o la charla amistosa en la plaza del pueblo. La técnica creadora de valor social y no succionadora de valor, es la cultura humana misma. Cuando tantos filósofos dicen criticar la “técnica” , lo que deberían hacer o decir es “criticar el capitalismo mismo”. No es que la técnica sea, como dicen, “neutral”. Nada de eso. No es neutral que un niñato quinceañero de Occidente posea un móvil súper-inteligente con varias cámaras y acceso a la red de redes del mundo, mientras millones de personas no posean un pozo de agua potable cerca de casa. La técnica debe ser socializada y no convertida en un juguete diabólico que nos seduce y a la vez nos exprime.
Tus posiciones te sitúan lejos tanto del progresismo hegemónico como de ciertas derechas meramente reactivas o nostálgicas. Desde ese lugar incómodo, ¿qué papel debería asumir hoy el pensamiento filosófico crítico: limitarse a diagnosticar la decadencia del mundo moderno o atreverse a formular proyectos de reconstrucción cultural y política, aun a riesgo de quedar fuera de los consensos y cordones sanitarios del debate público?
Indiscutiblemente hay que actuar. Crear revistas, fundar editoriales, páginas webs, academias de debate y de lucha de ideas, centros de formación de cuadros, estructuras cívicas y políticas no partidistas, “complicidades” (sinergias, diría Robert Steuckers) entre personas que pueden aportar ideas para una restauración europea y una crítica de la dictadura liberal…
Limitarse al diagnóstico: eso es mala medicina. Hace falta diseñar terapias, incluidas las terapias de choque. Hace falta una labor educativa muy grande, posible al margen de las instituciones formales, instituciones que son corruptas y mercenarias en gra medida. En concreto, habría que crear una Internacional “europeísta” que luche por la disolución de la actual Unión Europea-OTAN (que es la misma cosa, con uniforme o sin él) y por la Justicia Social.
La tradición aparece en tu obra no como simple conservación del pasado, sino como transmisión viva de sentido, como hilo que conecta generaciones y ordena la experiencia colectiva. En una época que parece haber roto deliberadamente con toda herencia, ¿cómo puede pensarse una recuperación de la tradición que no derive ni en arqueología estéril ni en folclore vacío, sino que funcione como base real para reorientar la vida comunitaria y el horizonte moral?
Tradere es entregar. Nadie quiere recibir del pasado unos cachivaches rotos, cadáveres embalsamados, desperdicios de antiguos esplendores. Se entrega aquello que está vivo, y se mima y cuida, se entrega y se confía a nuevas generaciones que cuiden y amplíen esa luz. Ser tradicionalista, hoy, significa ser revolucionario. Los pijos de la izquierda woke llaman “rancio” al marxista… porque es un tradicionalista que quiere cambiar el mundo. Los pijos neoliberales del PP y Vox llaman “autoritario” al que no es pro-yanqui ni pro-judío como ellos, y con ello también, desde una tradición humanista (por ende, anti-liberal) quiere cambiar el mundo haciéndolo más tradicional. Y lo tradicional no es reaccionario, sino lo valioso de manera perenne.
Los tradicionales-revolucionarios somos más de lo que parece. Si mañana cayera la dictadura neoliberal que tanto les gusta a los pijos woke o a los “cayetanos”, y les encanta por igual, nos daríamos cuenta de cuántos somos los que anhelamos una vida sana, buena, enérgica, militante, vida desbordante de amor por la cultura y la ética, una vida más igualitaria, a la vez que con criterio jerárquico basado en el mérito y la capacidad, una vida productivista, de insubordinados con ganas de trabajar, de nuevos obreros-guerreros en contacto con el trabajo, la soberanía nacional, la familia, la fe (cada uno la suya) y la existencia digna.
En los últimos años se habla con insistencia de una Nueva Derecha y una Nueva Izquierda, a menudo enfrentadas al consenso liberal pero también entre sí. Desde tu punto de vista, ¿qué elementos comparten realmente estos dos espacios (en su crítica al sistema, a la globalización o al individualismo) y cuáles son las divergencias profundas que los separan en términos de antropología, comunidad, nación y sentido histórico?
Si son “Nuevas” de verdad, hay más similitud de enfoque que diferencias, porque ya la distinción izquierda-derecha ha perdido toda su vigencia. Hay que distinguir “soberanismo” y “globalismo”, por ejemplo. En la izquierda española, las propuestas de Manolo Monereo o Carlos Martínez son las de una izquierda soberanista, que impugnan la Unión Europea, impugnan el atlantismo, rechazan el separatismo vasco-catalán, desprecian el engaño de lo “woke”, no admiten tan alegremente la política de “puertas abiertas” a la emigración descontrolada, etc.
Estas propuestas son la versión española de lo que defiende Sahra Wagenknecht, y tampoco se diferencian mucho de las que sostienen algunos “populismos” europeos, que algunos llaman “de derecha”. El comunitarismo de Preve, un marxista, no andaba lejos del de la Nouvelle Droite. Replegarse a la Europa de los Estados Nación y de los Pueblos (Patrias Carnales) como paso previo a una nueva Unión de Europa, trasciende la enfermedad bipolar de izquierdas y derechas, y es un repliegue necesario. Retroceder al Estado Soberano para impulsarse a la Europa que vaya de Lisboa a Vladivostok.

