Chesterton o los deseos que no se hacen realidad

Este vector tan humano, político o económico, enseña por las buenas o por las malas que cada forma de gobierno o de estado responde a una época, que es potencialmente mudable, y que participa decisivamente de su contexto. Es decir, eclosionan, se agotan o se transforman respondiendo a las necesidades o funciones colectivas propias de esa eterna «esencia de lo político» que estableció Julien Freund. Y lo mismo ocurre con las formas económicas y, por ello, con el capitalismo. No son eternas y ni siquiera son puras. Pasan por la historia y se mezclan más de lo advertido. Una máxima visible en el siglo XXI: en Oriente, una dictadura comunista encabeza el capitalismo comercial más brutal, a modo de la gran fábrica del mundo; y en Occidente, una democracia liberal prueba el proteccionismo soberanista más duro, en busca de mantener su primacía internacional. Y entre las líneas maestras de ambas grandes potencias, China y los Estados Unidos, vuelven a la palestra economías sociales al servicio de los pueblos, de sus familias, de sus trabajadores, de esos «hombres normales».

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Esos seres humanos tan inseguros en sus barrios y cada vez más aislados de sus vecinos, con trabajos precarios y alienados con vicios por doquier, sin poder formar un hogar y sin el famoso ascensor social a su disposición, y ante plutocracias mundiales que destruían sus valores e identidades tradicionales, y en las que Mercados y Estados, en ocasiones, parecían más socios que adversarios. Ya lo señaló Chesterton: «Hay menos diferencia de la que muchos suponen entre el sistema socialista ideal, en el que las grandes empresas están dirigidas por el Estado, y el actual sistema capitalista, en el que el Estado está dirigido por las grandes empresas. Están mucho más cerca el uno del otro que cualquiera de los dos es para mi propio ideal de dividir las grandes empresas en una multitud de pequeñas empresas» (Illustrated London News, 1928).

Es necesario repetirlo a estas alturas: los deseos a veces no se hacen realidad. Nada de lo humano dura para siempre ni es perfecto. Tampoco el capitalismo, pese a etiquetas inclusivas o tolerantes para vender más o mejor. Tiene errores, fallos, límites, aunque parezca no tener aparente alternativa frontal. Los vemos en los que siguen sufriendo y en los que se quedan atrás. Chesterton los vio en la aceleración capitalista global que destruyó tantas tradiciones valiosas, nosotros los vemos en la postmodernidad globalizada que hace más difícil donde hay más ricos y más pobres. Frente a lo que «estaba mal en el mundo», producto de tanta basura y tanta usura, proponía esa radical idea distributista, pensando que se podía vivir y convivir con ese lema de «tres acres y una vaca», regresando a la tierra y al taller, a la fe y a la patria, a la familia y al hogar.

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Este artículo es un extracto del libro Chesterton y los límites del capitalismo de Sergio Fernández Riquelme publicado por papelcrema. Clicka aquí para comprar.

Imagen: G.K. Chesterton


Sergio Fernández Riquelme

Sergio Fernández Riquelme

Sergio Fernández Riquelme es historiador, doctor en política social y profesor titular de universidad. Autor de numerosos libros y artículos de investigación y divulgación en el campo de la historia de las ideas y la política social, es especialista en los fenómenos comunitarios e identitarios pasados y presentes. En la actualidad es director de La Razón Histórica, revista hispanoamericana de historia de las ideas.

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