Los imperios pos-modernos y la globalización

«La globalización no es una invención ideológica, sino más bien una consecuencia de la expansión económica de las naciones más grandes y más poderosas». En esta época así analizada por Reinhart Koselleck, los países más fuertes imponían su ley. Porque todo tiempo y lugar presenta sus propias formas imperiales, ante las que arrodillarse o ante las que rebelarse en su pretensión de ordenación supranacional. En la Globalización, como no podía ser de otra manera, coexistían realidades y propuestas cercanas a la definición típica a nivel político y metapolítico.

La inauguración del restaurante McDonald’s en la plaza roja de Moscú presagiaba ese inevitable “fin de la Historia”. Solo se mantendría uno de esos imperios con vida, el estadounidense, tras el fin del Pacto de Varsovia y el triunfo del liberalismo democrático y capitalista, décadas después reconvertido en globalista y progresista. En el siglo XXI, para Michael Hardt y Antonio Negri, gobernaría un peculiar “Imperio pos-moderno”, como coalición de organismos políticos supranacionales (del G-8 al Banco Mundial) y de organismos económicos plutocráticos (del Club Bilderberg a las Big Tech), dominando a Washington y Bruselas, y que controlaban bienes y mentes por todo el mundo en la “quinta fase del capitalismo”.

Se cerraba el círculo. Siempre han existido y siempre existirán: organizando con su germen el caos tribal y los espacios con pluralidad de etnias y naciones, y desorganizando con su final esos espacios llamados a la unidad tras el caos de su desaparición (como reconocía Robert D. Kaplan en El lado negativo del colapso imperial). Era la hora de la majestad omnipotente de ese supuesto “imperio globalista”, con las sucursales políticas formales de los Estados Unidos y la Unión Europea, en este caso desde un orden consumista e individualistausado para justificar y mantener su propia hegemonía frente a ciudadanos y frente a estados.

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Pero era un círculo imperfecto: hubo resistencia a ese orden. Emergió una inesperada lucha política y cultural, e incluso militar, desde potencias reactivas, especialmente en el campo de batalla por el dominium mundi situado en el entorno del “Heartland” euroasiático. Mackinder predijo que sería el área pivote esencial (de Rusia a China), y la principal trinchera de los principal rivales de la hegemónica angloesfera o vieja “World Island”, de la isla-mundo euroatlántica dominada por las “offshore islands” de influencia británica y o de las “outlying islands” de influencia norteamericana.

Y lo está siendo: en este espacio vital euroasiático, reclamado por los unos y por los otros, es donde parece que se baten y batirán imperios y vasallos, como siempre lo han hecho, por el dominio del mundo. Schmitt enseñaba que «siempre ha habido un nomos de la Tierra. En todos los tiempos, la Tierra ha sido tomada, repartida y explotada por los hombres. Pero antes de la era de los grandes descubrimientos, es decir hasta el siglo XVI de nuestra era, los hombres no tenían ninguna concepción global del Astro sobre el cual vivían. Tenían una imagen mítica del Cielo y de la Tierra, de la tierra firme y de la mar, pero la Tierra aún no había sido medida como un globo y nadie se aventuraba en los grandes océanos.

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Su mundo era puramente terrestre. Cada pueblo poderoso se consideraba a sí mismo como el centro del mundo, y a su esfera de dominación, como la casa de la paz, fuera de la cual reinaban la guerra, la barbarie y el caos. Eso significaba en la práctica que estos pueblos podían conquistar y pillar con la mejor conciencia hasta que se encontraran con una frontera».

Tierra y mar. Dos escenarios donde la palabra sirve para definir quién mandó y quién manda en nuestro mundo, donde el concepto explica claramente por qué se obedece en una misión colectiva política y geopolíticamente, y donde la función enseña cómo y cuándo se obliga a someterse a alguien más allá de unas fronteras. Y, no tan sorprendentemente, en estas batallas no solo culturales, y entre todas las formas presentes y futuras de lo “imperial”, siempre habrá un Katechón, aquella verdadera potencia que pretende demostrar que pude frenar el mal de cada generación, con su caos y luchas entre comunidades, desde la imperecedera «creencia de que un freno detiene el fin del mundo proporciona el único puente entre una parálisis escatológica de todo esfuerzo humano y poderío histórico».

Este artículo es un extracto del libro Carl Schmitt y los imperios en la historia de Sergio Fernández Riquelme publicado por papelcrema. Clicka aquí para comprar.

Imagen por cortesía de Jürgen Betz en Pixabay


Sergio Fernández Riquelme

Sergio Fernández Riquelme

Sergio Fernández Riquelme es historiador, doctor en política social y profesor titular de universidad. Autor de numerosos libros y artículos de investigación y divulgación en el campo de la historia de las ideas y la política social, es especialista en los fenómenos comunitarios e identitarios pasados y presentes. En la actualidad es director de La Razón Histórica, revista hispanoamericana de historia de las ideas.

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